¿racistas o cobardes ?  

Jonás Villarrubia

 

Según los parámetros por los que se rigen los que nos dirigen soy un racista,. pero lo curioso es que acabo de enterarme, ya que nunca me ha llamado en particular la atención una persona de color entre múltiples ¿blancos?; era uno más. Siempre me ha parecido tan natural como lo que son: unos seres al igual que yo y que los demás, con todos los derechos a los que puedo ser merecedor y si cabe algunos más si los tiene por meritos propios, y que posee la única diferencia de que la latitud y longitud terrestre, en donde sus antepasados han convivido durante miles de años, les ha dotado de diferente aspecto con el fin de adaptarse mejor al medio ambiente que los rodeaba.

No obstante lo dicho, me sorprende como los que nos gobiernan han perdido el rumbo y padecen de paranoia antirracista: en cada esquina, en cada columna de cualquier revista o panfleto, les parece ver una critica racista y procuran huir de ello provocando que muchos, que no lo hemos sido nunca, ahora nos lo pensemos si de verdad no lo somos o si en adelante lo seremos.

Y es que no debemos confundir el racismo con no admitir como iguales a aquellos que se nos enfrentan y a los que nuestros dirigentes nos quieren obligar a que nos adaptemos a su estatus social. Son estas personas las que no quieren integrarse en la sociedad en la que nos toca vivir, y eso a pesar de que aunque su forma de vivir, su educación y religión no las compartamos, las aceptamos y respetamos. Sin embargo ellos no se conforman y quieren obligarnos a renunciar a la nuestra a cambio de paz y seguridad, vamos: a dejarnos vivir a cambio de un pago de consentimiento. Es una forma silente de conquista. La religión, por ejemplo, es algo que cada cual ha de ser libre de tomar, con independencia de escoger una u otra o aquella que creemos que es la verdadera y con la que nos sentimos identificados; o con ninguna, si así lo decidimos. A mí me bautizaron y me incluyeron entre los católicos. Durante muchos años he practicado la religión hasta que mi fe se fue desvaneciendo en la realidad humana y científica. Durante toda mi vida de creyente jamás se me ocurrió criticar o convencer de mi religión a nadie que no las compartiera, y mucho menos amenazarle por no compartir mi ex - fe. Siempre he escuchado paciente y complacido lo que otros creyeron que era su doctrina, ni tampoco, reconozco, nadie, hasta ahora, me obligó a comulgar con ella.

También he creído que el color de la piel, la raza o el sexo tuvieran nada que ver con ser más o menos inteligente, con tener más o menos derecho, o con nada que influyera con la felicidad interior. Sin embargo ahora veo que ese miedo político a ser tachado de racista llega a la frontera de la estupidez.

No nace más de un año me comento un amigo: “fui con mi hijo menor a solicitar, mejor que solicitar a inscribirle en la lista de solicitantes a una vivienda (por cierto aun está esperando siquiera una respuesta). Cuando estaba rellenando los impresos, conversé a su vez con la funcionaria sobre sus posibilidades. La joven, muy solicita, me informó que dependiendo de los puntos que se le atribuyeran entraba en un sorteo u otro, antes o después, así como hasta de su derecho a sortear. Ahondé por lo que me interesaba de mi hijo y entre otras cosas me aclaró que los inmigrantes, por ser inmigrantes tenían preferencia, en definitiva más puntos. No acababa ahí mi sorpresa, (me decía): en la atención social, en la hospitalaria o ambulatoria ocurría más de lo mismo”.

Creo que tenía razón y el asunto llega hasta a buena parte de la policía y de la iglesia: los primeros ya no se preocupan, o quizás sí lo hacen, pero no acuden cuando se les llama cuando indocumentados cometen pequeños delitos, se apelotonan en un piso decenas de sin papeles y hacen imposible con sus riñas y peleas la convivencia con los demás vecinos o destrozan enseres en las comunidades que les toca ese “premio”, pero por otro lado, ¿qué van a hacer estas personas para poder pagar tan elevadas y abusivas rentas, si el aprovechado propietario del piso les pide tres veces lo que sería justo? A éste es al que había que “ponerle las pilas”; con la segunda, la iglesia: desde cierta conferencia del Papa, ya no se pide primero por los enfermos y los pobres, en algunas parroquias han antepuesto a los inmigrantes, en este caso aunque lo silencien, es por los que se encuentran al oriente. Yo, que no tengo nada en contra de ellos, sí me sentí ofendido de que discriminaran al hijo de mi amigo, y por ello también me sentí rechazado por mi “raza” de persona de clase media baja, con necesidades al igual o más que la que tienen cualquiera de los inmigrantes que a través de mi amigo se me anteponían por “puntos” ante todos los organismos.

Pero saqué al fin la verdadera razón de lo que ocurre: no es culpa de los inmigrantes, bastante valor le echan al jugarse la vida para conseguir un futuro digno y en un país desconocido; loa a los que llegan con buenas intenciones. Y es que luego pude ver el miedo político, no ya a la raza, que también, si no por la forma social de interpretar la religión y por la lucha que tienen otros no católicos para conseguir sus fines, de ahí que nunca se les oiga nada en contra de otras religiones que tienen la particularidad de hacer de su religión estandarte para la guerra o para decisiones políticas nada democráticas y hasta para la aplicación de las leyes, leyes que aplican a su antojo e interpretación según en el Dios en el que creen; en definitiva al terrorismo Islámico. Y a nosotros, que nos ponen la pulsera de católicos, y no tiene que ver que seamos practicantes o no, nos atacan y nos degradan a un segundo o último puesto. La raza gitana ha convivido con nosotros, con los que ellos llaman payos, cientos de años, a mí me desagrada la forma social en la que se ven inmersos, muy diferente a mi forma de vida, pero lo y los respeto ¿soy por ello racista?

Está visto que los que nos mandan y mandaron, o son unos cobardes que inventan nuevos tratados, como lo es la imposible Alianza de Civilizaciones, sin esperanza reciproca con el fin de que no nos tiren más “piedras” o nos “aliñen con acido bórico” , (¿cómo van a llegar a un acuerdo oriente y occidente mientras no se respete la libertad y el respeto y la igualdad de derechos en hombre y mujer en “algunos países” –como por el ejemplo el turco, que está solicitando la entrada en la C.E.E.?-), o se convierten en prejuiciosos hasta de su misma raza ante el miedo a que les tachen de racistas al tratar a todos por el mismo rasero o como lo que somos: todos de una misma especie.

 

 

 

 

 

Jonás Diego Villarrubia

 
su correo milibro@elnuevolibro.com