Einstein, el hombre. Primera parte

 

Jonás Villarrubia

 

Mi nombre es Albert Einstein. He realizado una práctica en mis teorías en la que, a través de un agujero en espacio tiempo (de los que hoy llaman agujero de gusano y en los que los viajes nunca serán una realidad), me ha traído al futuro.

Me duele ver que todos guardan un recuerdo muy vago sobre mí. Todo el mundo habla de mi persona como si se tratara de un ser con una humanidad única de científico y, además, excéntrico y algo alocado. No es así. Yo he sido, en aquella época, un ser como todos: uno más con las mismas actitudes y flaquezas que todos ustedes.

Nací en Ulm, una ciudad muy cercana al Danubio, en su orilla izquierda: maravillosa. Ya en aquella época, Ulm, era una ciudad con abundante población: más de cien mil personas. También nací con la nueva luz eléctrica. Sí, en aquellos tiempos, Edison, había realizado su gran invento de la bombilla; cosa que aprovechó mi padre, Hermann Einstein, para montar un negocio de electricidad y aparatos eléctricos: lo hizo en la plaza de Münter.

Por desgracia pronto nos tuvimos que desplazar a Munich en donde mi tío Jacob, que también tenía una tienda de aparatos eléctricos y que como ingeniero y hombre con inquietudes, había desarrollado un generador eléctrico. Como veréis desde el 14 de marzo de 1.879, año en el que nací, y casi con la bombilla, me vi rodeado de luz, campos electromagnéticos y equipos eléctricos. Esto, como es lógico, me marcó de alguna manera para el futuro.

Desde niño me encantó la música. No, no lo hacía como un maestro, ni mucho menos me creo eso; pero me encantaba practicarla: sobre todo a Mozar. No hay duda que lo que me inclinó a ello fue que mi madre, Pauline, tocaba muy bien el piano, aún cuando yo preferí el violín.

Desde muy pequeño tuve problemas de adaptación. Fijaros que, como le ocurriera a Leonardo Da Vinci, que sufrió de dislexia, no logré articular palabras coherentes hasta casi los tres años; cosa que hizo pensar a mis padres que era algo retrasado.

En el año 1.885 nos ingresaron, a mí y a mi hermana menor –tenía dos años menos-, en un colegio católico. Se me olvidó deciros que mi familia era judía. Como podéis comprender, fue un acusado contraste el encontrarnos en el colegio, siendo los únicos judíos, entre tanto católico.

Fui, en contra de lo que la gente cree, un buen y provechoso estudiante, sobre todo en humanidades, asignatura en que destaqué (Chiss... no se lo digáis a nadie, pero no puedo decir lo mismo en matemáticas). Fue una lástima que en aquellos tiempos, siempre estuviera enzarzado en peleas no deseadas por mí. De las que, además, recibía duros castigos –hasta me apedreaban-. La única causa: ser judío.

Ya desde los diez años, todo aquello que estudiaba, me gustaba demostrarlo. Y si no tenía posibilidad de ello, pensaba que no era factible. Por ejemplo con el Teorema de Pitágoras, no paré hasta demostrárselo al profesor de forma práctica. En aquellos tiempos me regalaron una brújula, no os hace falta que os diga que fue algo que me abrió la mente hacia las fuerzas invisibles que dominan en el universo.

Durante una época de mi vida me convertí, a causa de la animadversión de mis compañeros a los judíos, en un muchacho introvertido. Eso me ayudó a acostúmbrame a pensar en solitario y, ante las cosas sin explicación, como en el cómo y por qué se movía la aguja de la brújula, tenía que buscarle un sentido lógico.

Me encantaba leer filosofía. Aunque pronto me llamaron con más fuerza los libros de ciencias. Mi pensamiento se convirtió en un caminante, andando en caminos, senderos para un investigador.

Desde el mismo momento en que abracé las ciencias, y a pensar como científico, abandoné la creencia en cualquier término religioso. Acto que me creó, dentro de la misma comunidad judía a la que pertenecía, no pocos enemigos. Pensé que Dios no tenía nada que ver en el movimiento del cosmos. No era posible que Dios, en caso de existir, se pudiera saltar las leyes de la física. Deduje de ello que “Dios no juega a los dados” Pero volvamos a lo nuestro: como cualquier hombre, tal como lo habrán sido ustedes, fui un chico algo travieso en el amor. Me encantaba las muchachas. La afición a tocar el violín me ayudó mucho para atraerlas fácilmente. Cuando ingresé en la escuela cantonal de Aarau, tras ser rechazado en la politécnica de Zúrich por suspender el examen de ingreso, me alojé como pensionista en casa de un profesor: Jost Winteler. Tenía éste seis hijos, además de una hija llamada Marie. Fue la primera mujer con la que mantuve un bello romance; que no obstante terminó pronto, al tener que volver de nuevo a Zúrich. En donde, en esta ocasión fui aceptado por la politécnica de esa ciudad. Me encontraba entonces en el año 1.896.

La verdad es que como practicante del amor, en lo referente al sentimiento, no aprobé nunca. Al amor le pospuse siempre a un segundo plano ante mi amor a la ciencia y su razón.

En esa época tuve que decidir por dedicarme a la física o a las matemáticas: escogí la primera, me interesaba mucho más.

Fue para mí un gran impacto el descubrimiento de William Conrad, un físico alemán, con los rayos X.

Adquirida la nacionalidad Suiza, en el año 1.901, escribí mi primer artículo ( Anales de la Física), que luego desprecié como algo banal, pero que me reportaría, no sin muchas dudas por parte de la Academia, el premio Novel (se me entregó un año más tarde de ser nominado). Tuve la oportunidad, en ese año, de conocer a dos personas muy importantes para mí, además de tener la oportunidad de leer un libro que marcó una nueva meta en mis estudios: mi gran amigo, Michele Besso, y a Mileva Maric; la que tiempo después sería mi primera esposa. El libro: la lectura de Ernst Mach.

En abril de ese año, y sin contraer aún nupcias, Mileva se quedó embarazada. Fue en un momento en el que yo tuve que aceptar un trabajo, mi primer trabajo, al sustituir a un profesor en el politécnico de Winerthur. Durante ese tiempo, Mileva, se fue con sus padres a Hungría, donde dio a luz una niña: mi primera hija, hija que jamás llegué a conocer. Cuando me reuní con Mileva, en el año 1902, al aceptar un puesto en la oficina de patentes de Berna, mi hija había desaparecido. Jamás nadie me comentó nada de lo ocurrido, ni yo pregunté demasiado.

Entré en la oficina como oficial de tercera. Ese trabajo me relacionó mucho con el mundo de la investigación y la inventiva.

Después de morir mi padre, hecho acaecido en octubre de 1.902, y ya en 1.903 me casé con Mileva. Un año más tarde nació mi primer hijo varón: Hast Albert. Mi segundo hijo no llegaría hasta 1.910, al que llamamos, entonces, Eduard. En ese tiempo, 1.904, escribí algunos artículos sobre termodinámica, cinco en total, y también me hicieron fijo en la oficina de patentes.

1.905 fue para mí muy importante. Un año en el que la gente dice que mi “ingenio” despertó en toda su plenitud. Mi primer artículo, “ En los Anales de la Física”, se desarrollaba sobre el efecto fotoeléctrico y los cuantos (granos de arroz) de Planck. Hasta el año 1.916 no sé pudo demostrar lo que en parte yo en ellos decía: “La luz se comporta, en ciertas circunstancias, como una partícula”. Pero desde su comprobación practica, el mundo científico se me abrió, reconociéndome como uno de ellos.

He podido comprobar que, en vuestro tiempo, se habló mucho de que mi esposa Mileva fue la autora real de la teoría de la relatividad. Ella me aventajaba en matemáticas, campo en el que he de reconocer no haber sido un gran erudito. Me interesaba mucho más el llegar a conocer el fondo de todas las cosas. Es cierto que mi mujer, en aquella época, fue una ayuda muy importante para mí, con su apoyo y consejo. Pero no lo es menos que no fue ella la que descubrió la teoría de la relatividad. La historia de tal duda vino, porque todo lo que yo realizaba, y que le contaba en las cartas que nos dirigíamos (estando fuera de mi hogar por circunstancias de mi trabajo e investigaciones) pluralizaba en los logros como si fueran con ella. En ellas, en algunas ocasiones decía: “nuestro trabajo”. Entonces yo así lo sentía, era mi mujer, la quería y me sentía, hasta entonces, muy unido a ella. Pero mis descubrimientos eran producto de mi trabajo y su colaboración se limitó como esposa.

Con Mileva la cosa pronto se malogró. Mis largas charlas hasta altas horas de la madrugada con compañeros, investigadores y amigos estudiosos; el abandono en el que creyó vivir por mi dedicación a mis estudios y el humo de mi inseparable pipa, hizo que nuestra relación empeorara de forma fulminante.

Seguirá

Jonás Diego Villarrubia