Mala herencia   ÁMBITO  

Jonás Villarrubia

  Anónimo
 

 

Día 14 de abril

Las dudas que con malas artes nos intentaban introducir una organización de científicos politizados, llamada “Oregón Institute of Sciece and Medicine”, poco antes de la cumbre Kioto, como era de esperar se ha venido abajo: El aumento global de la temperatura terrestre es un hecho. Esta organización hasta logró, no se sabe con qué artes de engaño, que, poco antes de morir, el autor de la teoría del calentamiento, Roger Revelle, les firmara un artículo en el que quitaban importancia a la posibilidad de estar ocurriendo el calentamiento. Tres días después de la supuesta firma, este insigne científico moría. Nadie sabe como es posible que éste, entonces gravísimo y anciano enfermo, pudiera haberlo hecho.

Los detractores de la realidad del calentamiento, siempre respaldados por la industria del automóvil, el petróleo y de tantas potentes empresas multinacionales consumidoras de la energía contaminante y fabricantes de los productos que espejean la atmósfera, achacan al efecto del “Niño” a las enormes catástrofes que últimamente están ocurriendo en nuestro querido y único planeta. No es verdad. Ese efecto de corrientes oceánicas de agua caliente que se desplaza por el ecuador de continente a continente y que ocurre cada periodo de tiempo (parece ser que este año y durante estas fechas se esperan de nuevo) y viene ocurriendo desde hace muchos siglos sin que entonces se apreciara durante su baja actividad, elevación global de la temperatura media.

La realidad es que la temperatura media ha ascendido en el último siglo y medio cerca de tres grados y se espera que para el año 2.050 pueda ocurrir que aumente dos grados más. ¿Qué quiere decir esto? Sencillo de contestar: un aumento de todo aquello que el hombre teme: aumento de la desertización, pérdida de la masa forestal, ingentes incendios, hambre...; y eso sin contar el aumento de todo tipo de enfermedades epidémicas, contaminación y el aumento de lluvia ácida.

La vida de nuestro planeta se nos va de las manos y no se vislumbra ningún remedio inmediato que evite sus consecuencias. Japón, uno de los países que no aceptó ratificar Kioto, ahora, no hace mucho tiempo y a través de su ministra Yoriko Kawaguchi, Anuncian que lo aceptarán. Mal lo deben de estar viendo para que lo acepte un país tan poco defensor de la naturaleza global, un país que está aniquilando las ballenas de nuestros océanos y mares.

Parece mentira que los restos de unas antiguas actividades “vívicas” de seres y plantas que poblaban la tierra hace millones de años y que fueron sepultados, aniquilados y convertidos en un océano de restos orgánicos, sea su consumo indiscriminado una de las consecuencias de que la raza humana se vea en peligro de desaparición. Porque eso es el petróleo y eso es el gas que consumimos, quemamos y lanzamos a nuestra sagrada atmósfera: restos de seres vivos que no antecedieron. ¿No os parece que también podamos llegar a ser algo que quemar?

No creáis que ese sea el único peligro en el que se ve envuelta la sociedad humana: no, ni mucho menos. Nuestros políticos se han gastado, en el cielo sabe qué, nuestra constante contribución y ahorro durante nuestra vida laboral para que después podamos sostenernos dignamente en nuestra vejez con una pensión, y ellos dicen que hay la posibilidad de no podérnosla pagar, y lo achacan a una disminución de la natalidad. Aquí no se puede ignorar quién fue primero, como en la teoría del huevo o la gallina, aquí primero hemos pagado y ahorrado, y ese fondo es nuestro por derecho.

El hombre y la mujer al fin y al cabo son una parte integrante más de este planeta, como lo son los insectos, animales y plantas. Estos, sin tener el don del raciocinio, regulan su nivel de población basado en la línea de producción y alimento almacenado o futuro. Un simple hormiguero deja de procrear, si el alimento escasea, con el fin de que algunos puedan subsistir y no perder su raza. El aumento de la población es un verdadero peligro para que el planeta nos pueda albergar. Nuestros dirigentes deberían, y si es preciso, cambiar las mismas estructuras sociales de la humanidad con el fin de no sucumbamos a nuestra incesante expansión; aconsejada por ellos por no almacenar lo suficiente para los años de escasez como hacen nuestras “pequeñas” compañeras e “ignorantes” hormigas.

En nuestra mano está cambiarlo. Pero no con más destrucción para derrocar a los que ahora nos gobiernan, siempre han de haber directores de orquesta. Hagamos de la palabra una caricia que sepa convencer, y sobre todo dejar nuestra costumbre de consumir vorazmente. Si no consumimos de más, los que ganan con nuestro consumo, dejarán de fabricar de más. Es verdad que eso conlleva a un riesgo de paro y falta de trabajo. Pero eso ocurre según está estructurada nuestra actual sociedad y porque no todo está repartido equitativamente. Eso es una de las cosas que también hay que cambiar. Que nos pese, la vida en la Tierra seguirá aunque nosotros los humanos desaparezcamos. No dejemos a nuestros nietos tan mala herencia.

Jonás Diego Villarrubia

 
Día 25 de abril

Si hay algo que caracteriza a los seres humanos son sus contradicciones. Fieles a esta cualidad podemos encontrarnos con una enorme cantidad de situaciones en las que todos, de una forma u otra, alguna vez nos hemos visto inmersos. Bien es cierto que siempre es en los otros donde estas se hacen más notorias.

A mi entender, un caso en el que las contradicciones resultan más evidentes, está relacionado con el ámbito físico. Me explico: cuando, por ejemplo, hablamos del universo, además de su inmensidad y el gran desconocimiento que tenemos sobre él, o tal vez por eso, al hipotético habitante extraterrestre siempre le vemos como un ser feo y desagradable, con dificultades para comunicarse, de ojos saltones, color verde botella y en definitiva poco humano . Desde luego nada que ver con nuestra apostura, inteligencia y gracejo naturales.

Cuando descendemos al planeta Tierra -¡por fin en casa!- la cosa cambia, pero no tanto. Por que, claro, hay seres humanos de diferentes colores y distintos aspectos. Los hay morenos, negros, azules, amarillos, incluso los hay rosa pálido a los que llamamos blancos . Aunque, a veces, estos se desfiguran tanto, expuestos al sol, que podrían pasar por alguno de los anteriores. Dependiendo de ese ámbito, cada ser humano resultará más o menos normal. Y no es por nada, pero ¡mira que son feos los otros! Y además, ¡es que todos son iguales! que diría un blanco de un negro, un negro de un amarillo... y así sucesivamente. Hay para quienes, el colmo de su extraño comportamiento reside en el hecho, por ejemplo, de que cuando nosotros nos vamos a la cama, ellos se levantan para ir a trabajar.

Si continuamos cerrando el ámbito de la historia que nos ocupa y nos fijamos en países vecinos, la cosa se pone más cruda, si cabe. En estos casos los razonamientos que sus pobladores suelen hacer, tienen la consistencia que ahora veremos: no saben comer, no saben vestir, no saben divertirse; tienen unos gustos muy raros... y otras perlas por el estilo. Suele ocurrir que quienes despachan el asunto de forma tan contundente ni siquiera han viajado a esos lugares y hablan de oídas. Son proverbiales los chistes en que un inglés, un francés y un alemán son siempre superados por el ingenio de un español. Quiero pensar que en todas partes cuecen habas . Vano intento por disimular el complejo de inferioridad.

Pero ¡ojalá! la cosa quedase ahí. Cuando los temas de conversación se encaminan por los derroteros del regionalismo las contradicciones pueden alcanzar niveles inverosímiles e incluso grotescos. Por situar la cuestión, conviene recordar que los actuales estados (llamados soberanos) se fueron constituyendo a lo largo del tiempo, incorporando otros territorios, bien por tratados o bien por la fuerza. Tanto en unos casos como en otros, es normal que los pobladores absorbidos desearan mantener su lengua, costumbres, leyes, etc. Hay estados que no han respetado esta pluralidad cultural, persiguiendo legítimas aspiraciones y sin reparar en sus propios orígenes. Estoy convencido de que si tuviéramos en cuenta estas consideraciones, desecharíamos la simplista y estúpida manía de colgar etiquetas. (Ya se sabe, andaluces juerguistas y vagos, catalanes tacaños y desconfiados, madrileños chulos y fanfarrones, etc. etc.)

Pero es más absurdo aún, cuando, en el marco de un mismo pueblo o ciudad, sus habitantes se refieren a los de otro barrio. En este caso, siempre viene bien tener un máximo regidor a mano, para situarle en el punto de mira, ante cualquier deficiencia o agravio comparativo: en mi calle no da el sol, en el parque hay un árbol caído por un rayo, mientras que en el de al lado están todos de pie, debajo de mi ventana hace falta una farola, la parada del autobús la tengo casi a cien metros... Afortunadamente la cosa nunca llega a mayores. Unos pocos se sientan a dialogar para intentar arreglar las cosas, mientras la gran mayoría continua con sus quejas , pero más que nada para no aburrirse.

Cuando, en fin, el ámbito se reduce a los vecinos más próximos, de portal o escalera, podemos echarnos a temblar. No he conocido, ni creo que exista, una comunidad de vecinos en la cual todos se lleven bien con todos. Los ruidos que a uno molestan, pero que no percibe cuando es él quien los ocasiona, una reforma en la finca, la limpieza de zonas comunes o cualquier otra gaita , pueden ser motivo de enconadas disputas o razón suficiente para despellejarse unos a otros.

No quiero terminar, dando la impresión de que todo es negativo, no. Solo intento hurgar en aspectos cotidianos que, desgraciadamente, están demasiado arraigados entre nosotros. Por supuesto que hay cosas maravillosas, pero parece como que nos costara más conseguirlas. ¿Escuchamos a los demás lo suficiente, o solo escuchamos lo que queremos oír?

Para empezar, creo que deberíamos dejar de mirarnos tanto el ombligo, tal vez nos permitiría ampliar nuestro reducido ámbito.

Anónimo.