El no a la guerra de mi vecino

 

Jonás Villarrubia

 

Tengo un vecino que tiene en su terraza un cartel enorme en el que reza la leyenda “NO A LA GUERRA”, la cual comparto sin ninguna duda. Es un hombre raro. Pocas veces se le oye decir “esta boca es mía” de forma tranquila. Cuando te cruzas por la calle y le das los buenos días, tardes o noches, baja la cabeza, mira al suelo, mudo, y no la levanta hasta que te rebasa; entonces acelera el paso y, malhumorado, murmura palabras incoherentes.

He tenido la oportunidad de verle en alguna manifestación en la que su mudez ha desaparecido por arte de magia y su voz se hacia oír de forma fuerte y colérica; y el puño, amenazante, crispado en sí mismo, se lanzaba una y otra vez al aire como si en ello fuera su vida. Es un hombre que en las reuniones de vecinos se muestra contrario a todos los acuerdos que se puedan adoptar y usa palabras malsonantes, y amenaza, de forma habitual, si se le contraría: pero hay que reconocerle que debe de ser un gran pacifista, ya que su enorme cartel de “NO A LA GUERRA” lo demuestra.

Estoy, creo, en contra de la guerra y de cualquier acto violento que pueda ser solucionado mediante ese don maravilloso que la naturaleza nos ha dado: el lenguaje. Estoy en corazón y espíritu con aquellos que se lanzan a la calle para decir que repudian cualquier acto que lleve consigo la violencia o la fuerza de cualquier índole para conseguir unos fines que coarta la libertad de cualquier individuo o país. Digo creo, porque jamás me he visto en la tesitura de decidir algo en lo que medie el perder mi propia vida, o la de alguno de mi familia y no estando ahí no puedo asegurar lo que haría; pero reconozco que jamás lo he hecho. Me da miedo de asistir a esas manifestaciones, ya lo hice de joven en busca de las libertades y ahora no tengo edad ni salud para aguantar esas emociones. Y… sí, me da también miedo, si asisto, de darme cuenta que quizá no me conozco lo suficiente como para controlar mis impulsos animales en momentos de ensalzamiento multitudinario y verme lanzado a obrar, fuera de mí, ante la furia desmedida que pueda contagiarme la jauría de algunos enardecidos de mi alrededor. Razonamiento que deberíamos de meditar todos los que, por falta de madurez, nos podemos convertir involuntariamente de pacifistas en “jauría”; como verán soy humano y me pongo el primero en la posibilidad de poder cometer tan nefasto error.

Me encanta la gente. Saludo a todos y les deseo sin esforzarme que pasen un buen día. Algunas veces me siento idiota al hacerlo con personas que sé bien que no me van a contestar, pero son vecinos; día a día me los encuentro durante años y creo que lo hago con mucho cariño. La verdad es que siembro, no sé el qué, pero el fruto si le conozco: y es una alegría inmensa cuando uno, que nunca me contesta, ese día me desea lo mismo que le deseo yo.

Pienso, no estoy seguro, no soy rico, que mis ideales son de igualdad para todos y en todos los órdenes. No he votado nunca sin meditarlo a un partido en particular, y siempre lo he hecho después de analizar lo que ofrecían o después de ver los resultados, después de gobernar, de sus promesas. Esa es mi política, si eso es política.

Me da pena, mucha pena ver como se roban votos unos a otros aprovechándose de algo tan humano; con algo que debería ser inviolable como es la paz. Todos esos políticos, tantos los que están en el poder como los que desean estar, saben bien que gobernando, el estado, algunas veces, obliga hacer sacrificios y tomar decisiones que estando en al oposición no las aceptarían jamás. Visto desde mi corto prisma yo no puedo perdonar a este gobierno el haber tomado parte en la decisión de apadrinar un ataque a un país soberano, sea gobernado por un dictador o no. Y lo van a pagar caro, ¡sí, muy caro! Mi voto no será para ellos en las próximas elecciones a menos, cosa que veo difícil, que me demuestren que lo han hecho para evitar un desastre mayor en nuestro propio pueblo. Pero lo que no haré tampoco, y creo que como la mayoría de los españoles, es votar a otro u otros partidos que teniendo en su terraza un cartel grande, ¡¡¡muy grande!!! con un “NO A LA GUERRA” insultan, fuerzan, golpean (o soliviantan a otros para que lo hagan en su lugar), escondiendo después la mano, a los que democráticamente han sido elegidos para que tomen las decisiones de guerra sí o guerra no. Es seguro que esos son como mi vecino: mucho cartel, pero hacen a diario su guerra particular.

Jonás Villarrubia.