El tiempo y el espacio 3
El Éter: ¿la gravedad?

 

Jonás Villarrubia

 

El Éter: ¿la gravedad?

Introducción del autor:

Es necesario que el lector tenga en cuenta que no quiero ir en contra de los principios físicos, que por otro lado no me creo suficiente capacitado para hacerlo. Tan sólo me dirijo a ustedes con la intención de transmitirles mis inquietudes e intuiciones que ya reflejé en mi libro “El Universo en preguntas de Pedro”. Sea por lo cual que no tomen mis escritos a pie de ley ni de ejemplo, sino que tan sólo mediten sobre ello.

 

 

Para nuestros ilustres físicos del siglo XIX y XX el encontrar el medio por el cual se desplazaba la luz o cualquier señal electromagnética era un reto insalvable. Einstein , con su teoría de la Relatividad General, vino a dar con una temporánea solución que abrió las estancadas puertas de la física en esa época: el éter no existe, -dijo-, la luz se trasmite en el vacío sin necesidad de nada que la transporte.

Toda la materia en el cosmos está compuesta de átomos y partículas; todos los átomos tienden a atrapar en su orbita un electrón o más electrones dependiendo de la propia densidad del mismo átomo. Es un efecto “natural” el que giren estas partículas alrededor de su núcleo: la mayor densidad del átomo tiende a atraer a la partícula cargada de su correspondiente polaridad –negativa, en el caso del electrón-, pero que, por su atracción, al caer sobre él, se crea una energía electromagnética que hace que se vea de alguna manera repelido, a la vez que gana de nuevo su energía, pero consiguiendo la suficiente velocidad para que, a partir de ese momento, se compensen atracción del átomo y fuerza centrifuga del electrón. Cualquier variación en su orbita crearía una energía que, o bien le haría perder su trayectoria y así formaría parte de su núcleo aumentando su densidad o bien podría ser liberado pasando posteriormente a orbitar en otro átomo, creando, en ambos sucesos, energía. Esa peculiaridad es innata en toda la materia del universo. La suma en una materia de diferentes átomos de la misma composición, no la alteraría para nada guardando sus propiedades; tan sólo variaría el volumen global de la materia y por ello aumentando su densidad. Naturalmente siempre y cuando la materia a la que se añade, tenga una densidad moderada (por ejemplo la que forma parte de la corteza terrestre). En los cuerpos de mayor densidad, como en estrellas colapsadas, el átomo se funde con la materia formando un solo ente, en ese transito se desprende una enorme cantidad de energía que logra traspasar el horizonte de sucesos y de ahí, la energía que no es de nuevo absorbida por su ingente gravedad, es expelida en forma de partículas (fotones y ondas electromagnéticas de muy diferente espectro). Es muy importante señalar que en algunos de estos entes la densidad es tan grande que la energía expelida necesita una velocidad de escape superior a la velocidad de la luz. Si no fuera así no nos sería posible saber de la existencia de los cuásares o los mismos núcleos de las galaxias, ya que de ellos, lo que vemos, tan sólo nos llega la energía que logra escapar de la reacción por la incorporación a su masa de materia interestelar y en el que la velocidad de escape supera la de la luz.

Ahora nos llega la siguiente duda: ¿a través de qué navegan las partículas? ¿Del olvidado Eter? ¡no! La respuesta es muy sencilla: a través de las ondas que origina toda la materia existente en el universo, sea grande, como el de los agujeros negros, o de masa mínima como el de las mismas partículas: la gravedad.

Todos hemos visto el resultado de poner un imán bajo un papel con limaduras de hierro: se forman unas líneas que van de polo a polo de la fuerza magnética del Imán sin que se muevan una vez estabilizadas. Pero quizá lo que algunos no hemos hecho es acercar, por debajo del papel y cerca del polo norte de ese imán, otro con el polo sur, veremos que las líneas de limaduras cambian dirigiéndose al polo opuesto del otro. Las limaduras, si no se acercan demasiado al imán y no se mueven estos, se mantienen estáticas. De igual manera se comporta la gravedad. En un universo en el cual no existiera nada más que un sistema planetario, del que no se intercambiara ninguna energía, no perdiendo ni ganando nada de ella. Las ondas de la gravedad estarían como en el imán, con la única variación que originaran en ellas la rotación mientras existiera ésta. En el caso de no existir, por ser ya un único cuerpo, toda la gravedad existente se comportaría, quizá, como en el imán permanente, de polo a polo. Y digo quizá, porque no estoy seguro, en ese tipo de materia, al ser única en el universo, de que algo, ni tan siquiera la gravedad, saliera de ella.

El Universo es enorme, tremendamente activo y caótico. Su actividad es tal que la gravedad no logra ningún tipo de estabilidad. En él transcurren infinidad de eventos que hacen que la materia varié incansablemente, formando cada vez más zonas de muy alta densidad. En él universo hay zonas tanto de enorme atracción como zonas en la que la materia está en expansión por las reacciones termonucleares de entes de inimaginable energía. Imagínense que estuviéramos en un Universo que su forma fuera semejante a una galaxia del tipo de forma elíptica y que nos encontrarlos en una orbita media a una velocidad x y que desde ella observáramos otros cuerpos estelares en diferente orbita que fueran a una velocidad mayor a x; todo aquél cuerpo que estuviera en rotación con nosotros, en nuestra misma orbita, lo veríamos prácticamente estático, sin embargo los que estuvieran en la orbita de mayor velocidad la veríamos alejarse de nosotros dándonos la impresión de expandirse. Hablando de orbitas en un Universo de tal dimensión, nos podemos imaginar la posibilidad de estar seguro si son ellas o nosotros quien se aleja o se acerca. Si eso fuera así, y formáramos parte de una universal elíptica, con un cuerpo en constante reacción termonuclear en su voraz centro, no es de extrañar que su energía estuviera presente en él, por todos sus rincones, y nos llegara a nosotros, tras miles de millones de años, por doquier como leves señales de microondas, con la misma intensidad miráramos por donde quisiéramos hacerlo.

Pero volvamos al medio de trasporte de la energía: imaginemos que tenemos los dos imanes a los que vamos añadiendo más y más y más por diferentes frentes y posiciones, pero siempre buscando una concordancia con sus polaridades para encontrar en ellos, al fin, una estabilidad. Si, una vez todas sus fuerzas estables generamos entre ellos durante un instante una fuerza electromagnética, comprobaremos que todo, durante ese instante se revoluciona variando todas sus líneas de flujo hasta encontrar una nueva estabilidad. Todas esas líneas se han movido trasladando la variación a cada rincón de cada uno de ellos.

La luz es una energía electromagnética que, en el momento que es producida, tiene una velocidad de escape de, aproximadamente, 300.000 km. por segundo, la onda producida circula en circulo alrededor de las líneas de la gravedad, viajando en ellas, si no son absorbidas por materia alguna, hasta el confín del universo y sin perder su velocidad, ya que la gravedad es la única reacción de la materia que no tiene masa y que no absorbe energía alguna.

En el próximo capítulo: “El neutrino”

Jonás Villarrubia.